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Una fobia es un miedo intenso y desproporcionado ante objetos o situaciones concretas como, por ejemplo, a las cucarachas o a los lugares cerrados (claustrofobia).
Cuando la persona se enfrenta o se expone a ese objeto o situación experimenta una reacción de ansiedad o miedo intensos de forma inmediata. La persona tiende a evitar la situación fóbica, aunque suele reconocer que su miedo es excesivo o irracional (en los niños puede no haber tal reconocimiento). Es importante destacar que el objeto o situación temidos no supone una amenaza real para la persona o, si hay amenaza, la reacción de miedo experimentada es desproporcionada con respecto al peligro real. Por ejemplo mostrar un miedo y angustia muy intensos ante la presencia de un inofensivo cachorro de perro. Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (APA, 2000) se diagnostica una fobia específica sólo si este miedo intenso y desproporcionado interfiere significativamente en la vida cotidiana del individuo o provoca un malestar clínicamente significativo. Las fobias son todas aprendidas. Lo que se aprende no es la reacción de miedo en sí, sino a reaccionar de esa manera ante determinados estímulos o situaciones. Aunque teóricamente se puede generar una fobia ante casi cualquier estímulo, en la realidad los estímulos que se convierten en estímulos fóbicos constituyen un grupo limitado, es decir, hay estímulos o situaciones que tienen más probabilidades que otros de llegar a convertirse en fóbicos. Según la teoría de Seligman (1970, 1971), aquellos estímulos que se parecen o presentan similitudes con estímulos que a lo largo de nuestra evolución como especie, alguna vez fueron amenazantes, tienen más probabilidades de convertirse en estímulos fóbicos. Por eso son tan frecuentes, por ejemplo, las fobias a insectos o a reptiles, porque a lo largo de nuestra evolución estos animales pudieron ser realmente peligrosos para nuestra supervivencia como individuos. |